A veces, en verano, pienso a un día que pasaba con una amiga – en el tiempo cuando viví en la India. Recuerdo que estábamos comiendo rebanadas de pan, un pan aléman, con tomates, aceite de oliva, un poco sal y pimienta negra. Nada más – fue tan simple.
Me recuerdo que su madre (también mi maestro de música) me dijo que venían de Cataluña, que la gente allá habla catalán, y que la gente sueña de la independencia. Hasta ese momento, yo, una chica pequeña (o más correctamente : mas pequeña que hoy) de 12 años, pensaba que todos los europeos conocen la independencia.
Dos años después, estoy estudiando en la escuela francésa, al Lycée français, y estoy empezando a aprender el español (y latín). Nuestra profesora venía del País Vasco. Nos ha enseñado que España es un país muy, muy grande (pero más pequeño que la India), que hay gente que quiere la autonomia, la libertad, la independencia. España era para mí un país tan lejos, pero también el país de un pueblo que ha conocido la misma historia que la mía – un pueblo que ha luchado por su libertad y justicia.
El año siguiente, el profesor de español venía de Venezuela. He aprendido que el español, lo hablamos de cientos maneras diferentes, que una palabra en España puede significar otra en Bolivia. Que los chilenos y los argentinos tienen acentos y culturas diferentes.
Cuando pienso al idioma español, a España, a la America Latina, pienso al rebanada de pan con tomate, a la Cataluña, al País Vasco, y a la gente que conozco que sueñan de independencia todavía. Pienso a Núria y Joan. A Aloka. Pienso a Francis, el hermano de mi profesor venezolano que hablé de tiempo en tiempo sobre su país – que por mi era el país el mas lejos del mundo – ¡mas lejos que España!
Y todos los otros veranos…
En el verano de 2016, encontré un venezolano, un hombre que estaba luchandose por la libertad de su país. Como su interprete, lo seguí todo el día. Cada frase que dejé su boca estaba lleno de pasión por sus creencias – la democracia, los derechos humanos, el amor por la patria suya. Podía también sentir el calor – un calor que estaba resonando de su cuerpo – cuando estaba hablando sobre las injusticias y la corrupción en los países dirigido por dictadores (incluso y suyo).
El año pasado, en 2017, una amiga española ha cocinado la tortilla – era el mismo que conicí en mi infancia – tan rico y melancólico. Bebiendo tinto y comiendo el jamón serrano, hablamos sobre nuestro estudios, el amor, el feminismo. De los Ciudadanos. Del referéndum de independencia de Cataluña. De lo qué estaban pasando en Barcelona. Y en este momento, pensaba al clase de flamenco a Seúl, una mini batalla por alguién sin coordinación mano-brazos-piernas (me dejaba en dos meses) – y como un pueblo puede lucharse tanto, una y otra vez.
El mayo pasado, un venezolano (y otros que venían de todo el mundo) me ayudó cuando un hombre me insulté de manera racista. Al momento que el hombre lo decía – el repertorio clásico – “Ching chong”, venía el venezolano, sin un momento de indecisión, cara a cara con el racista, y declaraba : “Discúlpate“. Pensaba a lo qué he aprendí sobre la Tierra del fuego (yo lo sé, el Chile se situa lejos de Venezuela) – y me pregunta de donde viene el fuego que vi en todos las hispanohablantes que conozco yo.
A cada momento que encuentro alguien que habla español, me encuentro transportado en el día caluroso en la India. Pienso al verano, a las caras y los ojos llenos de pasión de toda la gente que he encontrado, el fuego en sus corazones. Me recuerdo de las palabras de los venezolanos, de la familia catalán, de mi amiga española, de mis profesores al Liceo francés. De Mario Vargas Llosa.
Pero
si cada día,
cada hora,
sientes que a mí estás destinada
con dulzura implacable,
si cada día sube
una flor a tus labios a buscarme,
ay amor mío, ay mía,
en mí todo ese fuego se repite,
en mí nada se apaga ni se olvida,
mi amor se nutre de tu amor, amada,
y mientras vivas estará en tus brazos
sin salir de los mios.
– Si tú me olvidas, Pablo Neruda

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